La ciudad de la furia. Creí que aquellos chilangos que nombraron de esa forma a la ciudad de México sólo estaban aludiendo a Cerati, y se imaginaban a ellos mismos como humanos durmiendo a las faldas del Popocatépetl, toda una alegoría, por supuesto.
De alguna manera, me siento en Sudamérica y en Europa (Ojalá Asía, África, Oceanía). Pienso en La Ciudad de la Furia, y aunque ahora la siento bajo las plantas de mis pies, lo comprendo mejor como algo de la conciencia interna: sé que es la raíz, pero al tenerla de frente, no es lo que nombro.
Quien sale de su urbe y vuelve nunca es el mismo. Desperté en una zona horaria diferente, el avión ya huele a otro sitio, mis latidos, me acaba de bajar la menstruación quince días antes, es la altura o el nivel del mar, la luna es llena la próxima semana.
Ellos lo saben. Los que vuelven, por eso algunos prefieren quedarse lejos; cómo volver a frecuentar a mis amigos, si ahora sé que nunca interactuamos fuera de los hologramas. Mi pareja: oye, te extrañaba tanto, te recordaba en los labios de alguien más de repente, o en mis insomnios y ahora sé que también voy añorar esa liberación, tanto amor a ti y tan deslindados, tan fantástico (una caricatura es fantasiosa, sabes, eso digo cuando se permite la oportunidad) tan pro y contra. Familia, qué gusto abrazarlos, les quiero tanto, de verdad, que les extrañé tan lo necesario. Y varios sentires encontrados, llenos de incongruencias y retratos.
Oye, logro identificarme en los momentos que creo más lúcidos y entonces: ¡Oh brutal maravilla! Cuanto instinto, hipotálamo soy tu Aquiles: no permitas que me contradiga a mí misma. Volveré y seré tan feliz, ¿ahora? ¡Esto es un romance, vivo la fantasía y se va a magnificar en el regreso al que llegaré con el dragón acompañándome! (Jamás me quemaría, ahora somos amigos…)
Entonces: REGRESA. VUELVE. ENTRA. ¡Hacen el bendito favor de reaparecer en la vida de tuya! Tan refrescados, nuevos, olorosos, ¡qué rico hueles atrás de las orejas!, ¡espera, espera, la pasta dental en tu saliva…! Este huesito, es-es-ss.porfavor
¿A qué voy? O debería decir: a qué vuelvo. Resulta que me autonombro la que espera y lo curioso es que ahora no me reconozco ante este nombramiento, no porque no esté en verbo, más bien se trata de que la congruencia no es lo que vengo anticipando, hago caricaturas ahora, recuerdas.
Voy a esto: si vuelvo, no voy a estar contigo, porque volví al empaque y tal vez no te gusten las nuevas instrucciones de uso, para empezar, contengo piezas tan pequeñas, que este no es un juguete apto para menores (y no hablo de la edad, corazón). Leí tus instrucciones, mejor dicho, las recuerdo, sé cuáles eran (claro que las sé, te amo, ¿lo has olvidado?). Sí, podemos intentarlo una vez más, estoy segura, lo he dicho (Nota del autor: (esto es para mí, únicamente, no estoy intentando agraviar ni dar por aludido a nadie, sólo habla la experiencia (poca) personal ¡vanidosa! V A N I D O S O (A MÍ-LO SOY-SIENTO)) Reconozcámonos.
Vanidad es aquello por lo que siempre se paga extra en el aeropuerto.
Aquí estamos: ¿por qué te entristece tanto que te haya roto el corazón, acaso no viste lo que la ciudad de la furia hizo conmigo, no te conté, no leíste entre líneas, no lo viviste? Mira al espejo, soy tú.
*
Y todo el tema gracias al Gorila. Esto es un halago para dicho ego, realmente se lo digo de corazón, porque si no se me hubiera acercado con esa actitud tan ‘‘…sólo con renombre’’ no hubiera descubierto de qué se trata aceptar que en esta jungla, también está en el instinto racional. Te respeto para que me respetes.

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