a Cindy
Entonces vi la ventana abierta y quise caminar para llegar a la playa que estaba detrás del umbral. Pensaba subir por el marco, no son muchos centímetro del suelo, a lo menos un metro y siempre me ha gustado apoyar en las palmas de mis manos, ejercer empuje en el apoyo: dar un salto; antes un poco de impulso amortiguando en las rodillas, levantarme y subir por completo con los pies en un solo movimiento, o hacerlo por pasos, que no se dividen en movimientos innecesarios: o sea, colocaría primero las nalgas para hacer silla del umbral, luego girar medio torso y pasaría las piernas inmediatamente al otro lado, descender con dulzura, le diría, pues le veo muy delicado a ese bajar a la arena; después del primer impulso de saltar, si me decidiera por subir amortiguando, claro.
Me emocioné en la contemplación. Puse un poco de música, primero electrificándome, pues me entusiasmaba la mirada del cuadro, que bien podría ser pertenencia de algún museo si se hubiera tratado de un óleo (o técnica que fuera, la nitidez era preciosísima); la secuencia aleatorea de You tu be hizo el resto del ambiente.
Fui a la alacena y tome la bolsa de café. Incluso en la presencia de la cafetera, se vislumbraba el reflejo que entraba por la ventana: el mar azul, con un oleaje que encrestaba la espuma, como si estuviera diciéndome: deja todo y ven a nadar conmigo). Sonreí y coloqué el café, el agua, encendí y fui del baile ante la guitarra eléctrica, a mi habitación para deshacerme del pijama y ponerme el pareo, los tirantes, agarrar la toalla. Volví para la taza de café con un libro, y ya embadurnada de crema protectora: mírame, que soy morena y me encanta tener el rostro así de blanco por este motivo, imaginando que la espuma de agua salada se queda en mi orilla.
Serví el café. Regresé artesanal. El sorbo cargado y caliente estaba despertando ese romance que yo no recordaba que existía tras una ventana, el paisaje y nuevamente la música, podrían haber encendido las velas de la habitación (porque hay un par por acá, junto al mueble (imagínate, negra, es de madera y lo hice porque una tarde pensé que me iba a morir y si sucedía quería que ese fuera mi lecho; ya en ese estado, sólo se necesitaría que mi cuerpo tuviera un poco de colinas, así que fui por algodón y tela…) en la estantería de libros tengo dos, en los perímetros del centro, como si se tratara de ese lugar secreto de un cuerpo donde pienso que tengo lenguas de fuego, y estoy siguiendo la línea metafísica, pero igual recomiendo la literalidad, es como ponerse una concha en la oreja cuando estás lejos de este paraíso. También hay una en la alfombra que está a los pies de la ventana; y en el centro de la meseta que secciona la cocina de ese hermoso pasillo entre mueble de paisaje y cuarto).
Entonces sin apagar la música, me acerqué cantando:
Una chispa hizo reflejo en mi campo visual, mientras alejaba la taza, sentía el sorbo en mis labios, como si el trago estuviera dándolo desde fuera de la garganta
Don't go, if you wanna know
Alcancé a cantar mientras sentía una brisa marina, que sin duda estaba en mi subconsciente. Ya me había visto, ahí estaba, con la misma taza, los labios por demás: mojados de café, una sonrisa, bajándole al ritmo de la melodía, la toalla, el pareo, los tirantes
Don't go, don't go, don't go
la espuma en mi rostro, era crema de protector solar, mientras la palma de mi mano izquierda, comprobaba que en algún momento, decidí ponerle al umbral de aquel quicio, un vidrio transparente.

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