Escucha esto: me descubrí ardorosa. Estaba como el fierro, como las cerezas (con hueso), como el agua salada en los ojos, el mar en las pestañas me ardía: y seguía como un beso, en labios de muchacha con lipstick vibrante. Y estaba oscuro. Pero no dormía, estaba en el suelo con los ojos cerrados, tan suave, que parecía que no tenía los párpados como telón, como si expusiera por completo las cuencas de mis ojos: y aún así, te veía tan nítida; y estabas entre todo, en los pétalos de un bosque, en la ciudad subterránea del metro, en los muchachos raperos del monumento a la revolución (tan vulgares que consiguen ser fascinantes en sus metáforas, hoy uno tuvo la osadía y fue excitante, de terminar su frase con la palabra ‘‘oración’’ ¿entiendes? No soy capaz de recordar más que esta última palabra y sé que el contexto en que la utilizó fue de esa calidad que no le pertenece a la Real Academia Española, pero sí a las palmas de mis manos), en mi constante: disculpa y ahora parece que...