Escucha esto: me descubrí ardorosa. Estaba como el fierro, como las cerezas (con hueso), como el agua salada en los ojos, el mar en las pestañas me ardía: y seguía como un beso, en labios de muchacha con lipstick vibrante.
Y estaba oscuro. Pero no dormía, estaba en el suelo con los ojos cerrados, tan suave, que parecía que no tenía los párpados como telón, como si expusiera por completo las cuencas de mis ojos: y aún así, te veía tan nítida; y estabas entre todo, en los pétalos de un bosque, en la ciudad subterránea del metro, en los muchachos raperos del monumento a la revolución (tan vulgares que consiguen ser fascinantes en sus metáforas, hoy uno tuvo la osadía y fue excitante, de terminar su frase con la palabra ‘‘oración’’ ¿entiendes? No soy capaz de recordar más que esta última palabra y sé que el contexto en que la utilizó fue de esa calidad que no le pertenece a la Real Academia Española, pero sí a las palmas de mis manos), en mi constante: disculpa y ahora parece que grito: ¡te creo! TE CREO.
Sentada en el duro piso, todo lo que salía de mí era una afirmación de esto que embarga por completo mis pertenencias. Yo quería que así lo hiciera, que se llevase todo, que abriera los ojos y no viera más que aquel lugar: ese séptimo cielo.
El Facebook pronosticó lluvia para hoy: yo la vi ayer. La sentí correr por entre mis venas, como un caudalito lleno de fruta: ¿qué te gusta: durazno, fresa, plátano? Ahí estaban, si metías tus dedos a su fluctuosa corriente podrías tomar cuanto quisieras, lo que pudieras coger, si quisieras hubieras podido sumergirte en mí (y por favor, veme la sintaxis, te entrego la posibilidad absoluta con la gramática: obsérvala)
Rebosaba, era viernes, era día de la mujer, habían muerto 38 muchachas guatemaltecas, una mujer joven despareció en CU, unos limpia cristales se disfrazan de super héroes para que los niños con cáncer, del hospital para el que trabajan, se vean maravillados ante las ventanas; un padre pide un pulpito de estambre para su bebé prematura, mi prima se va a chile, en mi cuarto no veo a los limpiacristales: quizá porque yo soy una de ellos. Y sigue pareciendo que es noche de luna llena, aquella que más de una vez le he puesto a Pablo Neruda: borracha, marihuana, en ambos estados: para esta noche estaré embriagada y acaso será mi reflejo el que encuentre un par de pupilas, cuando se abra el telón.
Y es que claro, quién no quisiera ser super.
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