Era morena como sólo ella. La conocí en el parque de Coyoacán. Estaba apoyada en la pared de los arcos, mirando la fuente. Yo iba con mi pregón, porque a veces creo que soy como el niño aquel de los quesitos, pero con producto diferente. No me percaté de su presencia hasta que consideré ofrecerle un retrato. El tiempo estaba claro y el sol era una luz favorable. Estarían cercanas, o apenas pasando, las tres de la tarde. Lo sé porque es la hora en que el sol suele repartir abrazos, lo sé porque hay perros adentro del agua de la fuente y nieves envasadas y en-barquillo: y es la hora en la que se me antoja una champola de coco, con las ganas puestas sobre la arena mientras observo el mar, que seguro grita para que entre de una buena vez en sus aguas. Me preguntó el precio y le dije que era tres veces más caro de lo que suelo cobrar. Y fui consciente de aquel detalle cuando la vi a los lejos, como desapareciendo en el momento mismo en el que se fundía con un sol enorme. Hay v...