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Mostrando entradas de febrero, 2017

Ese día

Era morena como sólo ella. La conocí en el parque de Coyoacán. Estaba apoyada en la pared de los arcos, mirando la fuente. Yo iba con mi pregón, porque a veces creo que soy como el niño aquel de los quesitos, pero con producto diferente. No me percaté de su presencia hasta que consideré ofrecerle un retrato. El tiempo estaba claro y el sol era una luz favorable. Estarían cercanas, o apenas pasando, las tres de la tarde. Lo sé porque es la hora en que el sol suele repartir abrazos, lo sé porque hay perros adentro del agua de la fuente y nieves envasadas y en-barquillo: y es la hora en la que se me antoja una champola de coco, con las ganas puestas sobre la arena mientras observo el mar, que seguro grita para que entre de una buena vez en sus aguas.  Me preguntó el precio y le dije que era tres veces más caro de lo que suelo cobrar. Y fui consciente de aquel detalle cuando la vi a los lejos, como desapareciendo en el momento mismo en el que se fundía con un sol enorme. Hay v...

Escucha el uculele, me compré una guitarra

La ciudad de la furia. Creí que aquellos chilangos que nombraron de esa forma a la ciudad de México sólo estaban aludiendo a Cerati, y se imaginaban a ellos mismos como humanos durmiendo a las faldas del Popocatépetl, toda una alegoría, por supuesto. De alguna manera, me siento en Sudamérica y en Europa (Ojalá Asía, África, Oceanía). Pienso en La Ciudad de la Furia, y aunque ahora la siento bajo las plantas de mis pies, lo comprendo mejor como algo de la conciencia interna: sé que es la raíz, pero al tenerla de frente, no es lo que nombro. Quien sale de su urbe y vuelve nunca es el mismo. Desperté en una zona horaria diferente, el avión ya huele a otro sitio, mis latidos, me acaba de bajar la menstruación quince días antes, es la altura o el nivel del mar, la luna es llena la próxima semana. Ellos lo saben. Los que vuelven, por eso algunos prefieren quedarse lejos; cómo volver a frecuentar a mis amigos, si ahora sé que nunca interactuamos fuera de los hologramas. Mi pareja: ...

Poniendo la mano en la herida

a Cindy  Entonces vi la ventana abierta y quise caminar para llegar a la playa que estaba detrás del umbral. Pensaba subir por el marco, no son muchos centímetro del suelo, a lo menos un metro y siempre me ha gustado apoyar en las palmas de mis manos, ejercer empuje en el apoyo: dar un salto; antes un poco de impulso amortiguando en las rodillas, levantarme y subir por completo con los pies en un solo movimiento, o hacerlo por pasos, que no se dividen en movimientos innecesarios: o sea, colocaría primero las nalgas para hacer silla del umbral, luego girar medio torso y pasaría las piernas inmediatamente al otro lado, descender con dulzura, le diría, pues le veo muy delicado a ese bajar a la arena; después del primer impulso de saltar, si me decidiera por subir amortiguando, claro.  Me emocioné en la contemplación. Puse un poco de música, primero electrificándome, pues me entusiasmaba la mirada del cuadro, que bien podría ser pertenencia de algún museo si se hubiera trat...
¿caminé por la noche de Oaxaca inmensa y verdinegra como un árbol, hablando solo como el viento loco  y al llegar a mi cuarto —siempre un cuarto— no me reconocieron los espejos Octavio Paz  El tiempo está claro, le digo al pardo, en el instante en el que le miro caminar al estanque. Sus patas andantes le marcan los omóplatos en la espalda y sonrío ante la idea de que una vez a la orilla de este, se erguirá en sus dos patas y se deshará del pelaje, que le da esa impresión de estar cubierto por algo más que la carne que le cubre los músculos, tendones, huesos.  Es la luna, dice con su profunda vibración, en apenas un rugido. Cómo podría ser sólo la influencia del satélite terrestre, lo que brinde tanta presencia a la oscuridad que le sede, como si se tratara del césped bajo nosotros, pienso en voz alta, una vez que le observo sumergirse en el agua. El sol, responde mientras se sujeta de una rama de árbol.  Jamás entenderá que lo estás halagando, me dice ...