Era morena como sólo ella. La conocí en el parque de Coyoacán. Estaba apoyada en la pared de los arcos, mirando la fuente. Yo iba con mi pregón, porque a veces creo que soy como el niño aquel de los quesitos, pero con producto diferente. No me percaté de su presencia hasta que consideré ofrecerle un retrato.
El tiempo estaba claro y el sol era una luz favorable. Estarían cercanas, o apenas pasando, las tres de la tarde. Lo sé porque es la hora en que el sol suele repartir abrazos, lo sé porque hay perros adentro del agua de la fuente y nieves envasadas y en-barquillo: y es la hora en la que se me antoja una champola de coco, con las ganas puestas sobre la arena mientras observo el mar, que seguro grita para que entre de una buena vez en sus aguas.
Me preguntó el precio y le dije que era tres veces más caro de lo que suelo cobrar. Y fui consciente de aquel detalle cuando la vi a los lejos, como desapareciendo en el momento mismo en el que se fundía con un sol enorme. Hay veces que se ve como una inmensa bola naranja conforme viene la tarde, y en ese momento me tocó descubrir que quizá eso que veía eran alas, o fuegos, porque el astro diurno estaba por otro lado.
Con el dinero en las manos, vi un (¿micro?)universo inflamarse para luego contraerse hasta dejar nuevamente el follaje de los árboles en el horizonte, y esos negocios de las aceras. No estaba en el desierto, aquella bola incandescente no había aparecido encima del mar, ni sobre los techos de las casas, encima de alguna pirámide, en la profundidad de un cenote; o sí, tal vez había dimensionado cada espacio hasta reducirlo a ese instante, que se diluyó dentro de mis pupilas (negras, lo son, pero ahora las miro y sé que está más allá el color que describe el grafito, el carbón, como si la intensidad tuviera su propio pigmento).
Observé mi mano: $500. Mi corazón palpitó una vez exclusivamente, con un ímpetu que me sublimó al piso. Me deslicé como si estuviera apoya en la pared en la que la vi, y quedé con las piernas amariposadas, y el torso erguido: escuché la tabla caer al suelo, mis manos estaban con las palmas al cielo, en el extremo correspondiente de su rodilla cercana. No me preocupó no encontrar a Diego Rivera ni a Frida Kahlo.
Me hubiera quedado así, en aquella posición, hasta ser consciente de mis latidos (nunca pasaba, estaba sintiendo que mi pecho estaba en mis mejillas, la sangre menstrual del momento pasaba por mis manos, la veía corriendo dentro de cada vena, como anunciándose) pero una niña, con su vocecita de pato me dispersó del momento. Me preguntó si yo era la que regalaba caricaturas.
El aire me entró por la nariz, como si hubiera dado una bocanada. Aunque tenía la boca cerrada la sentí abrirse, se despegaron mis labios como si fuera la primera vez que se alejaban y no pude emitir más que un ''ah'' como exhalado y asentí, al momento que reconocía a otro niño junto a ella, abriendo una sonrisa instantánea.
Se sentaron frente mío y los dibujé. Se fueron en dirección de la fuente llenos de risa y girando para observarme, esperaban algo, lo sé porque cuando me levanté, pasaron del juego a la carrera, se tomaron de la mano y cruzaron la calle, tras pasar por las cascadas que bañan a los coyotes. Juro que escuché una voz diciendo: Ven.
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