Siente mi aliento en tu oído: estaré calentándote las orejas. Qué suerte tendría de ser el viento, porque aspirar al aire sería como estar realmente susurrándote lo que fuera, tan bajito que apenas serías consiente de las palabras, que serían como la exhalación de un respirar contenido, que no se delataría, hasta que el pecho tuyo lo hiciera, como si estuviera aceptando salir a respirar. Estaría contándote en más que voz. Quizá te diría que mis cuerdas melódicas están más cerca de tus labios que de mi propia garganta, que las pecas de tu piel parecen chocolate derretido y cómo me gusta que este se quede entre la lengua y el paladar, encontrarle en el interior de mis mejillas, o precisamente en las aletas de tu nariz. Aunque creo necesario admitir que no tengo idea de dónde se encuentran aquellos hilos de la vida, y al mirarte así, un poco más arriba, a un costado, teniéndome aledaña a tu lóbulo izquierdo, imagino que están por ahí: entre la piel que cubre tus múscu...