Siente mi aliento en tu oído: estaré calentándote las orejas. Qué suerte tendría de ser el viento, porque aspirar al aire sería como estar realmente susurrándote lo que fuera, tan bajito que apenas serías consiente de las palabras, que serían como la exhalación de un respirar contenido, que no se delataría, hasta que el pecho tuyo lo hiciera, como si estuviera aceptando salir a respirar.
Estaría contándote en más que voz. Quizá te diría que mis cuerdas melódicas están más cerca de tus labios que de mi propia garganta, que las pecas de tu piel parecen chocolate derretido y cómo me gusta que este se quede entre la lengua y el paladar, encontrarle en el interior de mis mejillas, o precisamente en las aletas de tu nariz. Aunque creo necesario admitir que no tengo idea de dónde se encuentran aquellos hilos de la vida, y al mirarte así, un poco más arriba, a un costado, teniéndome aledaña a tu lóbulo izquierdo, imagino que están por ahí: entre la piel que cubre tus músculos.
Tanta perfección en el cuerpo, mismo en ti y en mí, y andaría delirando por querer comprobarlo, encontrarme con las mismas extremidades, el número de los dedos tuyos y las huellas que más que digitales yo les diría corporales, porque cuánto has acariciado, yendo de flores a hojas*, tierra; quizá el aroma sea diferente, pero ahora mismo yo huelo a sudor, e imagino que en aquel momento, a menos que hayamos compartido un baño en el mar, en el cenote, bajo una cascada, de un griffo, quizá tenga el mismo olor. Me hueles a lo que sabe el agua y hay mucha y en lugares increíbles, pero imagínate tu esencia si esa agua es la que bebo, tras un día entero con sed.
Comentarios
Publicar un comentario