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¿caminé por la noche de Oaxaca
inmensa y verdinegra como un árbol,hablando solo como el viento loco y al llegar a mi cuarto —siempre un cuarto—no me reconocieron los espejos
Octavio Paz 

El tiempo está claro, le digo al pardo, en el instante en el que le miro caminar al estanque. Sus patas andantes le marcan los omóplatos en la espalda y sonrío ante la idea de que una vez a la orilla de este, se erguirá en sus dos patas y se deshará del pelaje, que le da esa impresión de estar cubierto por algo más que la carne que le cubre los músculos, tendones, huesos. 
Es la luna, dice con su profunda vibración, en apenas un rugido. Cómo podría ser sólo la influencia del satélite terrestre, lo que brinde tanta presencia a la oscuridad que le sede, como si se tratara del césped bajo nosotros, pienso en voz alta, una vez que le observo sumergirse en el agua. El sol, responde mientras se sujeta de una rama de árbol. 
Jamás entenderá que lo estás halagando, me dice una centáuride, a la que no escuché llegar. Soy consciente del corazón que me rebasa, como el agua del estanque que se liberó ante el cuerpo del felino. No es mi intención que alguien eluda la naturaleza de mis palabras, le susurro a mi hermana, mientras me levanto sobre mis patas, y encuentro que las hojas del follaje de un árbol, que bien podría ser del que se sostiene el pardo, me toman como real pertenencia. 
En sus ojos leo por completo la cuestión que no suelta, por saberse prudente. Luego va junto al felino, sin saludarlo siquiera, entra en contacto con el agua serenada y fresca, se adentra hasta donde le es posible: se baña el dorso con las manos, el agua le resbala por la piel y después por los cabellos. 
Mi compañero sale del agua, con un movimiento deja las gotas en el brazos de las plantas a nuestros pasos. Va a mi, con la mirada enjuagada: Ustedes, dice, girando un poco la cara, para observar a la centáuride, son como ellos; se aleja tras un suspiro. Me sé aludido: las orejas de esos animales, después de todo, son muy finas.  

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